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Lo tengo, no lo tengo
Entrada nº: 1299
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Al llegar al medio del bulevar, se sentaron al mismo tiempo, en el mismo banco. Para enjugarse la frente, se descubrieron y cada cual puso su cubrecabezas a su lado; el hombrecito vio escrito en el sombrero ‘Bouvard’, mientras que éste podía distinguir fácilmente en la visera del individuo de levita la palabra ‘Pécuchet’.- !Anda! -dijo- !a los dos se nos ha ocurrido la misma idea, escribir nuestros nombres en nuestros cubrecabezas!
(Bouvard y Pècuhet, Gustave Flaubert)[1]
Coleccionar es una forma de conocimiento ligada a la memoria, recordar y también olvidar son maneras de clasificar. Reunir lo que se parece, o separar lo que se diferencia, es afimar una categorización, construir y desplegar una identidad propia. Sólo el hecho de pensar supone memorizar un mundo previamente puesto en orden.
Una colección para ser auténtica ha de alejarse de la mera acumulación, ha de ser documentada, ordenada, construida y deconstruida. Es un proceso continuo de investigación dónde se interrumpe cualquier linealidad, no hay una única manera de interpretar un dato o un objeto, el coleccionista realiza una relectura de materiales en muchos casos en desuso. Esto no es muy distinto a lo que Danto afirmaba en la ‘Transfiguración de lo banal’, dónde un palillo o una moneda pasan de ser algo pragmático a algo admirado, casi sacralizado. Estos nuevos usos hacen que desuso pase a formar parte, como elemento central, del debate sobre la praxis tanto de los objetos como de los seres vivos en general.
A través de la disyunción inherente a la colección, entre el proceso para el que algo fue producido y el estado en que permanece a posteriori podemos poner en duda la no-permanencia-en-estado-de-uso. Tomando como partida objetos de colección pero extrapolándolos a la estructura social dónde la categoría de uso o desuso recae sobre cada uno de los miembros de una sociedad, clasificados como útiles e inútiles; nociones conectadas a lo que las sociedades capitalistas han denominado con los términos de éxito y fracaso. Estos valores, íntimamente ligados al mercado, son concepciones que se rompen en las colecciones, dónde los objetos son capaces de mostrarnos historias en las que a través de un nexo dialéctico aparecen vínculos inesperados entre el pasado y el presente.
La gran mayoría de coleccionistas no dejan nunca de coleccionar. Siempre aparecen objetos que ellos no poseen y que pasan a ser piezas claves para sus colecciones, o el motivo para empezar una nueva. Coleccionar es una forma de conocimiento capaz de movilizar y de favorecer asociaciones repentinas. Ninguna colección, aunque individual, puede completarse en absoluta soledad, el intercambio, y no el valor mercantil es lo que permite el proceso continúo de coleccionar. El valor de los objetos que es siempre un acuerdo entre comunidades, sufre una peculiaridad en el caso de la colección, ya que existe una comprensión mutua de lo que puede ser valorable para los otros, y el intercambio se da a partir de sistemas de comunicación que responden a una lógica interna de funcionamiento.
Coleccionar es una constante que al igual que en la ciclicidad de la trama de Bouvard y Pècuchet, no se puede terminar, la investigación continúa, hace surgir nuevas dificultades y pone de relieve nuevas carencias. Lo que define a un coleccionista como tal, ni siquiera es la propiedad del objeto, del mismo modo que tampoco es el número, ni las taxonomías; es una actitud hacia las cosas que se centra en convertir un proyecto en un impulso de seguir a un determinado objeto, aunque este no llegue nunca a poseerse. Es tal vez, actuar con un plan que desenvuelve una lógica dónde la documentación es la parte fundamental. ‘Estoy rehaciendo, por tercera vez, los índices de mis dossier titulado ‘Filosofía’! Son las notas de mis notas lo que estoy organizando, para redactar el plan de mi capítulo’[2]
Colectivo Leland Palmer